La Rebelión

La regulación de la prostitución impide el pleno desarrollo de la ciudadanía de las mujeres

El debate del regulacionismo de la prostitución ha llegado a límites insospechados. Todos los discursos cambian, porque necesariamente deben adaptarse a las nuevas preguntas sin respuesta y su abordaje dependerá de lo socialmente entendido como: tolerable.

Hace poco, algunos regulacionistas argumentaban que había una suma de mujeres que se dedicaban a la prostitución por vocación, en plena libertad del uso de sus cuerpos y, en definitiva, que lo que siempre ha sido considerado un negocio fraudulento, criminal y que merma la integridad física y emocional de las mujeres –además de institucionalizar el machismo- ahora es algo completamente subversivo, revolucionario y empoderador.

El regulacionismo entiende que no permitir una actividad en uso del propio cuerpo y capitalizarlo tal y como una considere, no deja de ser un ejercicio de machismo estructural. Es decir, negarles el derecho a usar su cuerpo en el campo que consideren y, en resumen, hacer lo que quieran con él.

Entienden que la ley hace imposible el ejercicio de este trabajo y por tanto, dificulta el ejercicio de la profesión. Lo cual ya es falso de por sí. Porque las regulaciones en positivo de la prostitución son minoritarias, puntuales en la historia y además un desastre, cabe decir. Sin embargo, la prostitución como negocio en un contexto de ilegalidad y de criminalidad, sigue más presente que nunca.

Es falso que el abolicionismo no permita el ejercicio de la prostitución, del mismo modo que es falso que el abolicionismo no permita el uso libre del cuerpo. Simplemente tenemos conceptos de “libertad” bastante distintos.

El argumento del movimiento regulacionista es precisamente ese: que el abolicionismo no permite la regulación y por ende, el carácter criminal y delictivo prima, porque consideran que de haber una regulación, es decir, un marco jurídico protector, eso no ocurriría.

La realidad es que el sistema prostitucional y la industria necesitan valerse de un contexto de ilegalidad para funcionar, porque no son capaces de atraer una oferta de mujeres suficiente para la enorme demanda. Por tanto, si no hay oferta, la demanda no puede consumir y si no hay consumo, simplemente no hay negocio.

Lo curioso es que de 30 mil prostitutas (aproximadamente) registradas en Holanda, solo 1000 están reguladas, 29 mil no.

¿Y eso por qué? Si tienen una regulación, un marco jurídico protector ¿cómo es posible que eso ocurra?

Muy sencillo. La industria de la prostitución necesita oferta, la oferta no llega a través de procesos de selección laboral usuales. La única manera de alimentar la industria de oferta para cubrir la demanda es a través de la trata. Por tanto, incluso los gobiernos que han regulado esta actividad, se ven cercados por el rápido y creciente número de víctimas de trata, por destapar decenas de mafias y en definitiva, todo una amalgama de redes de prostitución que se alimentan del imaginario colectivo del “buenismo de la prostitución”. Porque repito, el discurso de regular la prostitución libre y condenar la forzada, es una separación conceptual entre la prostitución buena y mala, que en la práctica no se refleja como tal. Simplemente una necesita de la otra para existir.

Holanda, además de ser uno de los países con la prostitución regulada con minoritario índice de prostitutas en esas condiciones, ha sufrido un crecimiento alarmante de trata de mujeres, igual ocurre en Alemania, por eso mismo.

Es más, partidarios de la regulación de todos los colores políticos se han llegado a plantear su vuelta al modelo de alegalidad anterior, incluso algunos plantearon la prohibición del consumo, no del ejercicio. Un modelo más cercano al de Suecia.

Suecia castiga el consumo de prostitución y al proxeneta. Provee de recursos a las mujeres y les da la opción de salir de la prostitución. Los resultados no pueden ser mejores. En un año la trata se redujo a mínimos históricos y el sistema prostitucional cayó. Lo que demostró que las mujeres no entran por voluntad, quieren salir y los clientes pueden sobrevivir sin prostitución, aunque se encarguen de decirnos permanentemente que eso es imposible y que tienen una amiga que lo hace encantada.

Aunque no todo lo que reluce es oro. Hay legítimas críticas a esa ley, primero, porque no acabó con la prostitución en su totalidad y segundo, porque la prostitución más vulnerable es la que se aparta de las zonas más pobladas, se las expulsa a la periferia y se las invisibiliza más, si cabe. Igualmente, organismos de la unión europea recomiendan llevar a la práctica ese modelo y no acabo de entender cómo se atreven los regulacionistas a exigir a los abolicionistas la destrucción del sistema prostitucional, de la industra y del estado proxeneta, cuando no quieren otra cosa que todo lo contrario. Solo quieren ver como la abolición falla para implementar su discurso.

El debate regulacionista, sin embargo, ha cambiado. Ahora utilizan explicaciones más científicas. Fácilmente rebatibles, porque habitualmente son sondeos o datos manipulados, pero son discursos peligrosos. Los llamo así porque son discursos que no son propiamente falsos y parecen ciertos.

Por ejemplo, cuando los abolicionistas decimos que el perfil habitual de la prostitución es: mujer, pobre y migrante. Lo decimos en un contexto en el que se entienda cómo funcionan las hegemonías sociales, culturales, políticas, territoriales y económicas. Sin embargo, el regulacionismo te dice: “efectivamente ¿y les vas a privar de su única fuente de ingresos? ¿no es mejor regular esa actividad para facilitarles la vida?”

En realidad, en parte es cierto. El objetivo del abolicionismo no ha sido jamás la de expulsar a las mujeres de la prostitución forzadamente. En cualquier caso la respuesta sería que no. Porque además de que la regulación no sirve en la práctica, empeora las cosas. Cuando uno regula en positivo, legitima obligatoriamente y de repente, algo que era innombrable, es consumido pública y más masivamente, si cabe. Y lo peor: en nombre de la libertad.

El debate sobre la libertad del ejercicio de la prostitución no es solo uno de los temas que más me aburre, tengo que admitir, sino que además se construye un relato muy peligroso, como convincente, sobre lo que es libre de lo que no lo es. Claro, en un modelo capitalista ¿quién es libre? ¿verdad? Es mucho más fácil decir “todo sí” que explicar los límites de la economía o que simplemente e irónicamente, la libertad no es “todo sí” del mismo modo que la tolerancia no es tolerarlo todo.

La libertad es un derecho, un deber y un valor ético-moral. Además de un valor jurídico protegido. Como tal, un valor debe ser transversal. Es impensable que exista tolerancia, respeto, justicia, igualdad y demás, sin libertad. O a la inversa.

Es decir, es un valor que precisa de la coexistencia del resto de valores. Es absolutamente imposible pensar en un mundo libre e injusto. La libertad no existe en un contexto de injusticia o de intolerancia. Es una cuestión puramente conceptual.

La libertad, entonces, no es un rasgo identitario individual de un colectivo concreto. Es un valor aplicable, generalizado e inalienable que forma parte de todas las vidas por el simple hecho de existir.

Bien, si consideramos que una actividad -bien por su naturaleza- merma parcial o totalmente derechos fundamentales en su ejercicio, esta actividad no es legítima, porque no puede ser justa, por tanto, no es libre.

La prostitución necesita de la criminalidad para dotar de oferta (mujeres) a la demanda (hombres) a través de un mercado tan millonario como opaco (capital) que se lucra de las víctimas (explotación) para normalizarlo a través de discursos superficiales basados en la necesidad de visibilizar a un colectivo discriminado (trabajadoras sexuales) a través de la regulación en positivo (institucionalizar el consumo sexual de mujeres y reducir la persecución de redes de trata) para normalizarlo, cuando en realidad, necesitan de un contexto de ilegalidad, crimen y un clima de seguridad y secretismo para su correcto funcionamiento.

Pero “es un trabajo como cualquier otro”.

Bueno, estoy convencido de que si le pido a tu madre que me venda una barra de pan no te molestará, pero probablemente no te guste tanto que le pida precio para un anal.
Me encantaría ver vuestras caras ahora mismo, lectores y lectoras.

Y la cara que acabáis de poner, más vuestra reacción, lo que demuestra es que el sexo no es un trabajo cualquiera, porque tiene implicaciones corporales y extracorporales características. Por ende, tratarlo como un trabajo como otro cualquiera, es un error de por sí. Porque simplemente NO ES LO MISMO.

Desde luego si la mujer es víctima de trata, no es trabajadora, es una esclava. Pero pongámonos en el mejor de los casos. Pongamos que sí, es una mujer que dice dedicarse libremente a la prostitución.

¿Es una trabajadora? Yo creo que sí, pero alerta, no dejemos el debate aquí.
Si se compara con una panadería (como suelen expresar los regulacionistas) entenderíamos que los ejes de la empresa son: los trabajadores, los medios de producción y el producto final. El trabajador: es el panadero, el medio de producción: el horno y los materiales y el producto final: el pan. Hasta ahí, todo correcto.

En el caso de una prostituta es una trabajadora, es el medio de producción y sin duda, el producto final. Es decir, es el medio y el fin de toda una dinámica empresarial. Por tanto, una mujer es el producto.

La prostitución es un acto de deshumanización por naturaleza. Convierte a través de todo un proceso y de dinámicas económicas a una mujer en un producto. La prostitución es un sistema que institucionaliza la deshumanización de la mujer a través de la cosificación socio económica.

Es decir, es una institución que permite economizar, no solo el sexo, sino el cuerpo de las mujeres valiéndose del imaginario colectivo, para cubrir la demanda sexual de los hombres, con oferta femenina, que obtienen a través de métodos criminales y abusivos.

Sostenida por un modelo social, económico, territorial, político y gubernamental que prima los beneficios económicos por encima de los derechos civiles, sociales y políticos. Blandiendo discursos de la libertad, de la individualidad neoliberal y de la captación de IRPF por autónomos para tapar que no les importa el bienestar y la integridad de las mujeres.

Cuando las rentas de capital crecen sistemáticamente y las rentas de trabajo bajan estrepitosamente, el neoliberalismo se encargará de que pienses que lo que siempre ha sido perjudicial, dañino o peligroso para ti, ahora es revolucionario, maravilloso, bonito y una opción como cualquier otra de salir de la crisis en la que, por cuestiones del destino, te adentraste cuando decidiste nacer pobre.

He aquí, entre otros muchos motivos, la peligrosidad de considerar un trabajo o totalmente un trabajo, a una actividad que, por naturaleza, deshumaniza y está rodeada de crimen. Y luego pasa lo que pasa con la famosa sindicación de trabajadoras sexuales. Si lo consideramos un trabajo, podrán sindicarse ¿no?

Nos llevamos las manos a la cabeza, por algo que era más que evidente, cuando ¡ups! hay trata, proxenetismo, criminalidad y mafias detrás de un sindicato de prostitutas. ¿Cómo iba yo a caer? ¿Cómo iba a tener la seguridad de que detrás de esa sindicación habría crimen? ¿No lo hacían todas porque querían? Simplemente fue un intento de “paso previo” a la regulación fallido.

He aquí el problema de que escuchemos con más atención a “tío blanco hetero” (youtube), a “Dios” (en twitter) o a Amarna Miller (PornHub), en lugar de a Amelia Valcárcel, Ana de Miguel, Beatriz Gimeno, Ramón Martínez o Lucía Mbomio, que luego, pasa lo que pasa.

Si legitimamos la idea de que un ser humano, con o sin su consentimiento, pueda venderse como tal y no reivindicamos que el límite de la economía está en considerar un producto a un ser humano ¿qué será lo próximo que podremos comprar? ¿hasta cuándo seguiremos pensando que el dinero lo puede comprar todo? ¿todo se puede comprar y vender?

Tratar el sexo como un servicio, industria o rama de la economía crea un imaginario muy destructivo de la realidad, hasta llegar a la idea de que el sexo está supeditado al consumo y por ende, al mercado y al deseo individual. Rompe completamente el componente relacional, afectivo y emocional que implica el sexo y la sexualidad. Elimina la salud sexual, elimina la educación sexual, elimina el placer sexual mutuo, elimina por completo valores que deben primar en nuestra vida: como el deseo mutuo, el consentimiento y la voluntad.

¿Cómo vamos a defender una educación sexo afectiva de calidad basada en la humanización y el feminismo, si permitimos que una actividad como la prostitución, en la que puedes conseguir cumplir todos tus deseos sexuales a través del intermediario de tu capacidad económica, persista y se regule?

Nos pasamos la vida dando la tabarra con el consentimiento y el deseo mutuo, cuando legitimamos como sociedad una actividad que legitima el consentimiento comprado sin deseo.

¿Cómo defenderemos una sexualidad femenina desarrollada, si el contexto socio económico permite una actividad que vela solo por el deseo, el cumplimiento y la lógica del placer sexual masculino, cueste lo que cueste y en todos los sentidos?

¿Cómo le decimos a un joven de 15 años que no puede desarrollar prácticas sexuales no deseadas y no consentidas por su pareja, si pagando es la práctica habitual? ¿Cómo evitamos que se inicien sexualmente en esas condiciones al recibir un no de su novia y no aceptarlo?

¿Cómo les alejamos de la dominación, del control, de la patología de la propiedad y del consumo sexual como un producto de la economía de capital al tiempo que les enseñamos colaboración, justicia, respeto e igualdad?

¿Cómo les enseñamos a implementar componentes afectivos al sexo si no los van a necesitar?

¿Cómo les educamos en saber leer a las mujeres, identificar estados de ánimo, a no usar el chantaje emocional, a practicar la empatía y en definitiva a desarrollar la inteligencia emocional si en la prostitución no lo necesitan?

¿Por qué esforzarse y no encomendarse a sus deseos masculinos que el estado, la sociedad y la economía les pone en bandeja?

Es completamente incompatible el imaginario que crea en los hombres la institución, la industria y el sistema prostitucional con la educación sexual de calidad.

La institución de la prostitución es incompatible con los valores del feminismo y por ende, con cualquier sistema democrático que considere ciudadanas a las mujeres. El pleno desarrollo de la ciudadanía de las mujeres sigue sin ser un eje central en el desarrollo democrático de todos los estados (que se consideran como tal).

He aquí los discursos fáciles, dúctiles y maleables que intentan, a toda costa, utilizar de la forma más cínica la idea de libertad para conseguir que el dinero vuelva a ser -de nuevo- lo único que importa. Dinero que no nace solo de la prostitución demandada por la población autóctona, sino que tiene mucho que ver con el modelo de turismo.

Nunca seremos una democracia avanzada hasta que entendamos que el capital y el patriarcado deben ser combatidos y no regulados, a través de leyes, que lo único que pretenden es encomendarnos por una senda peligrosa para las mujeres y privilegiada para los hombres, que nunca debiéramos recorrer.

 

Antoni Miralles Alemany